Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Aquella noche ni la reina, ni el padre Nitardo, ni don Fernando de Valenzuela, ni su esposa habían dormido.

Don Fernando y doña Eugenia habían esperado en la antecámara, sin atreverse siquiera a hablar, tanto terror les había causado la noticia que les había comunicado Benavides.

La reina y su confesor habían leído todos los papeles recogidos a don José de Mallades.

Al separarse el padre Nitardo, S. M. había dicho:

—No me arrepiento de la orden.

Era la última esperanza desvanecida, en la suerte del infortunado don José.

Don Fernando y doña Eugenia se acercaron a un balcón para ver la salida del sol.

La luz de aquella aurora estaba triste como su corazón: doña Eugenia de cuando en cuando lloraba. Valenzuela respetaba su dolor, y callaba.

—No parecéis recién casados —exclamó detrás de ellos una voz dulce y sonora.

Doña Eugenia se volvió asombrada, y vio a doña Laura, que con una fisonomía alegre los contemplaba.

—Infeliz —pensó doña Eugenia— no sabe cuán grande es su desventura.

—¿Tan temprano en pie? —dijo don Fernando a Laura procurando disimular.


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