Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Que pase inmediatamente —dijo la joven— quizá Dios me envÃa providencialmente los consuelos de la religión.
El sacerdote penetró al aposento, y doña Laura apenas pudo levantarse para recibirle.
Valenzuela y doña Eugenia los dejaron solos.
—Señora —dijo solemnemente el sacerdote— golpes como el que ha sufrido hoy vuestro corazón, sólo Dios podrÃa curarlos, pero no lo hará, señora, porque el dolor es el crisol que purifica las almas, es el hilo de oro que enlaza al hombre con el cielo; sentid el peso de vuestra pena; Dios está entonces a vuestro lado, porque Dios está con los que lloran y no con los que gozan; por eso dijo Jesucristo: Bienaventurados los que lloran.
—¿Sabéis, padre, la pena tan grande que me aflige?
—SÃ, yo he asistido a don José en su trance postrimero…
—¿Vos, señor?… ¡ah!… decidme, habladme de él… ¡alma de mi alma!… mártir de la tiranÃa más horrible…
—SÃ, señora, mártir, mártir, porque aquella resignación era digna de un mártir…
—Referidme —exclamó Laura llorando otra vez.
—¿Para qué, señora? ni yo tendré resolución para contar nada, ni vos para escucharlo… Tomad.