Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Hasta ahora no tengo ninguno, voy a entrarme a palacio, y ahí veremos lo que sucede, tengo fe.
—Siempre poeta; adiós.
—Adiós, Benavides.
Los dos jóvenes se estrecharon la mano; Benavides siguió su camino, y Valenzuela entró resueltamente al palacio.
Aunque el refrán dice: que el hábito no hace al monje, este refrán, en el sentido figurado en que se toma, es una de esas mil mentiras, que a fuerza de ser repetidas, han llegado a contarse entre los evangelios populares.
Valenzuela, con su cruz de Santiago, y su garboso continente, penetró en el palacio de Su Majestad, como podía haberlo hecho el mismo marqués de Castel Rodrigo, de quien acababa de hablar.
Multitud de nobles y caballeros, invadían los tránsitos y los salones. Aún conservaba la corte aquel aire de grandeza, que supo imprimirle el genio de Felipe IV, y no asomaban aún los días en que Carlos II debía convertirla en un claustro, o en que Felipe V tendría que empeñar sus alhajas para comer.
Valenzuela, se escurrió por decirlo así, entre todos aquellos grandes señores, sin que nadie fijara en él su atención, y llegó hasta donde ya no era lícito seguir más adelante.