Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Benavides, soltó una ruidosa carcajada que no inquietó en lo más mÃnimo a Valenzuela.
—Vamos —exclamó Benavides—, todos vosotros los poetas sois iguales, soñáis en tesoros cuando no poséis ni un cuarto y os fabricáis, en vuestras fantasÃas palacios y reinos, que se deshacen como el humo a la hora en que sentÃs el hambre o el frÃo.
—Búrlate cuanto quieras, pero lo que te digo sucederá ¿conoces a Hermiges?
—SÃ, el astrólogo egipcio o judÃo…
—Ese mismo, anoche me ha dicho mi horóscopo…
—Y bien…
—Seré grande.
—¿Cómo?
—No me explicó.
—Dios lo haga; que te quiero bien, y ya lo sabes.
—Por ahora, soy el hombre más desvalido de toda la corte; nadie me conoce, nadie me protege, nadie me ayuda.
—¿Eso no se entiende conmigo?
—No, Benavides, si tú fueras poderoso, sé que nada me faltarÃa, pero téngome creÃdo que tu posición no es ni mediana.
—Tú lo has dicho.
—En fin, voime a probar fortuna.
—¿Pero cuál es tu plan?