Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Engáñome a mà mismo y a la suerte, que ni yo quiero tenerme por infeliz, ni dar a la fortuna el gusto de que crea que sus golpes turban mi natural jovialidad.
—Al fin poeta.
—O pobre, que allá se va todo.
—¿Y a dónde bueno?
—A palacio.
—¿Y a buscar aventuras? Témome que malas te las encuentres.
—Cánsame ya la vida que llevo y prefiero desvanecer mis ilusiones, para volverme a mi tierra, si pierdo la esperanza.
—Mucho te urge la pobreza.
—Y tanto que ayer no tuve ni un maravedÃ, y es seguro que hoy tendré lo mismo.
—¿Si quisieras entrar al servicio de S. M.?
—¿Y en qué clase?
—Quizá te ofendas, pero sólo podrÃa conseguirte un destino de palafrenero.
—Benavides, tú olvidas que tengo la cruz de Santiago; yo seré y quizá muy pronto, caballerizo mayor.
—¿Es decir, sustituyendo al Marqués de Castel Rodrigo?
—Sà —contestó gravemente Valenzuela— eso precisamente.