Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Era una mañana de invierno, por demás frÃa y nublada, un vientecillo delgado y molesto recorrÃa las calles de Madrid, sin dignarse siquiera golpear las puertas o levantar el polvo de las calles, y todos los transeúntes procuraban evitar sus caricias, cubriéndose cuidadosamente el rostro con el embozo de sus capas.
Un joven esbelto, de grandes y negros ojos, de fino y atusado bigote, pobremente vestido, pero que tenÃa el garboso continente de un gran señor, caminaba apresuradamente hacia palacio, sin cuidarse del frÃo ni del viento y no llevando por toda precaución más que una capa corta y poco abrigadora.
Cerca ya de la puerta de palacio se encontró con otro joven que traÃa la dirección opuesta, y que por lo que descubrirse podÃa de su traje, formaba parte de la servidumbre de la reina.
—Dios te guarde, Valenzuela —dijo éste.
—Buenos dÃas, Benavides —contestó el otro.
—Ligero vas —agregó el primero— ¿por ventura no tienes frÃo?
—Por desventura —contestó Valenzuela— lo que no tengo es capa, que frÃo me sobra más de lo que yo deseara.
—Decidor y alegre eres en la desgracia, como en la fortuna.