Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—No es a mí sola a quien debe estar agradecido, es al padre Nitardo.

—V. M. crea que mi padre abriga ese mismo sentimiento de que habla V. M.

—El padre te ha dado por el servicio que has hecho un salvoconducto para tu padre; a ti yo quiero premiarte, pide una gracia.

—¡Oh, señora, cuán generosa es V. M!… yo temo pedir… quizá sea mucha ambición…

—He empeñado mi real palabra; ¿qué deseas?

—Entrar al servicio de V. M.

—Padre —dijo María Ana— doña Inés de Medina es ya desde hoy una de mis damas.

—Gracias, señora —dijo arrodillándose doña Inés— V. M. es muy generosa.

La reina hizo un movimiento, presentando su mano a Inés para que la besase. Esto quería decir que la audiencia estaba terminada.

Doña Inés salió radiante de felicidad, murmurando en voz baja estas palabras:

—Ahora sí estaré cerca de él, él me amará o haré morir cuanto él ama y cuanto le rodea. ¡Ah, Valenzuela!…

Al día siguiente se supo que el viento había cambiado para la casa del marqués de Río Florido, y que no sólo no entraba él a una prisión, sino que su hija Inés era una de las damas de la reina.


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