Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Doña Laura aún no se presentaba en la corte, todos y hasta la reina misma la creían ocupada en llorar a su amante, y todos respetaban su dolor.

Entre tanto doña Laura llegaba a Madrid de vuelta de su conferencia con don Juan de Austria.

Muy pronto se supo también en la corte que el príncipe don Juan de Austria estaba resuelto a no partir para Flandes, con el pretexto, éste era el término que se usaba, de sus enfermedades.

Doña Laura se volvió a presentar por aquellos días a la corte, y a excepción de su mortal palidez, nada se advertía en su persona que indicara el terrible golpe que había sufrido en su corazón.

Doña María Ana de Austria tratóla con grandísimo cariño, y su desgracia la hizo más apreciable a los ojos de todo el mundo.

La reina y el padre Nitardo estaban indignados con la conducta del príncipe, y como ambos ignoraban que Laura conocía el alemán, hablaban delante de ella sin cuidado.

Una mañana la reina se hallaba sola con doña Laura, cuando llegó el confesor.

—¿Háme enviado a buscar V. M? —dijo en alemán.

—Sí, que deseo comunicaros una grave noticia.

—Escucho a V. M.


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