Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¿Qué sucedió? —preguntó doña MarÃa Ana de Austria mirándola con espanto.
—Señora, perdóneme V. M. —contestó Laura— hace algunos dÃas que siento dolores repentinos en el corazón que me hacen gritar algunas veces.
La reina se tranquilizó y reanudó la conversación.
—Creà que habÃa comprendido algo —dijo en alemán al padre.
—Es imposible, no comprende el idioma.
—Vale más, ¿con qué decÃais?
—Que es preciso que esta misma tarde salga un comisionado a aprehender al prÃncipe, duro extremo pero necesario por desgracia.
—Necesario… ¿y quién podrá desempeñar comisión tan peligrosa?
—HabÃa yo pensado proponer a V. M. para ese caso al marqués de Salinas, leal y adicto, enemigo del prÃncipe y de los suyos.
—¿Con cuánta gente?
—BastarÃan cincuenta oficiales.
—¿Y si el prÃncipe se resistiese?
—Irán de reserva para ese caso cinco o seis compañÃas.
—Muy bien.
—¿Me autoriza V. M. para dictar esas medidas?