Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Si las creéis útiles.
—Sin duda…
—Obrad asÃ, y sepan esos hombres que la magnanimidad que he usado con ellos no es cobardÃa.
El padre hizo una profunda reverencia y salió.
Doña Laura no sabÃa qué hacer, no podÃa retirarse de la cámara de S. M. y el tiempo pasaba.
Era seguro que el padre Nitardo tenÃa ya preparadas todas las cosas para aprehender al prÃncipe esperando no más la oportunidad para arrancar a la reina el consentimiento.
Era urgente avisar al prÃncipe, porque si él no estaba prevenido podrÃan sorprenderle y aprisionarle, y entonces su vida corrÃa grandes peligros.
Una hora perdida era quizá la muerte para el prÃncipe: el recuerdo de don José de Mallades vino a herir de nuevo a Laura, y en aquella congoja, y pensando pretextar una enfermedad para salir de la cámara de S. M., se afectó tanto que realmente se enfermó y perdió el sentido.
Aquella naturaleza gastada rápidamente por el dolor, y consumida por ese combate cruel de la voluntad con el corazón, que se llama disimulo, no podÃa resistir mucho, y cada impresión fuerte la hacÃa vacilar.
Cuando volvió en sÃ, dos lacayos la conducÃan en un gran sitial a su aposento, y doña Eugenia la acompañaba mirándola con tierno interés.