Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Doña Laura abrió los ojos y su primer pensamiento fue incorporarse y hacer que la dejasen ir por sí misma, pero instantáneamente reflexionó que debía prolongar su enfermedad para tener tiempo de enviar aviso al príncipe y si posible era a don Bernardo Patiño.

Una vez en su aposento, los lacayos se retiraron y Laura quedó a solas con doña Eugenia.

Abrió entonces los ojos y miró a su amiga.

—¿Qué ha sido? —dijo ésta.

—Nada, un desmayo, debilidad.

—¿Queréis que llame a un médico?

—¡Oh! no, no es para tanto, creo que descansando un poco estaré bien.

—En tal caso me retiro.

—Y yo con vuestro permiso me recuesto…

Doña Laura se acostó en su lecho, doña Eugenia cerró los batientes de los balcones para disminuir la luz, y luego salió cerrando tras sí la puerta.

Doña Laura permaneció un rato inmóvil, y cuando creyó que su amiga iba lejos, se levantó precipitadamente y cerró la puerta por dentro.


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