Las dos emparedadas
Las dos emparedadas De cómo supo el príncipe don Juan de Austria que le mandaba prender la reina, y lo que hizo
A cosa de diez leguas de Toledo, sobre una fértil llanura, falda de una sierra, se levantaba la villa de Consuegra o Consuvuera, como dicen los anticuarios que le llamaron sus fundadores.
Dos castillos estaban como en atalaya de la villa, o como recuerdo de sus dominadores, el uno fabricado por los romanos y el otro por los árabes.
Consuegra tenía en la época a que nos vamos refiriendo, mil quinientos vecinos, era la residencia del gran prior de Castilla, y como tal la había escogido el príncipe don Juan para retirarse, cuando abandonó el ejército que partía para Flandes.
Desde allí seguía dirigiendo y animando a sus partidarios, y tenía allí una especie de pequeña corte.
Un hombre cubierto de polvo y que montaba un soberbio caballo, pero que apenas podía caminar por demasiada fatiga, penetró en la villa casi al cerrar la noche y se dirigió sin vacilar a la casa que habitaba el príncipe.
Dejó el caballo en la puerta, el cual de cansado no se movía, y sin sacudirse siquiera el hombre entró a la casa en el momento en que Patiño, el secretario del príncipe, salía.
—Perdóneme V. M. —dijo el recién venido.