Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¿Qué se ofrece? —contestó Patiño.
—No es extraño que vuestra merced no me conozca, que tal me ha puesto el camino, pero soy Carranza.
Aquel nombre debÃa ser muy familiar al secretario; porque inmediatamente cambió de aspecto, y se dirigió al recién venido con muestras de un vivo cariño.
—¡Carranza! en efecto no te habÃa conocido, ¿qué traes por aquÃ?
—Señor, grandes novedades que debo comunicar a vuestra merced ahora mismo, pero que sea donde estemos solos.
—SÃgueme —dijo Patiño, y volviendo a entrarse a la casa, condujo al hombre a un aposento que estaba enteramente solo.
—Dime —exclamó Patiño luego que cerró tras sà la puerta.
—Pues, señor, no se espante su merced, pero al señor don Bernardo le han puesto preso.
—¿A mi hermano? —dijo poniéndose pálido el secretario.