Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Sí, señor, y lo más que hay, es que tan luego como se lo llevaron se presentó en la casa una dama y me dijo: «¿Tú eres Carranza?». «Sí», le contesté. «Pues toma esta carta, monta el mejor caballo, y sin perder tiempo ve hasta Consuegra, dásela al príncipe». Quise replicar, pero ella me dijo: «Yo velaré por don Bernardo, pero tú márchate, van a prender al príncipe».

—¡Al príncipe! —exclamó con espanto Patiño.

—Eso me dijo, y aquí está la carta.

—¡Pero es posible!

—Puede serlo, y vea vuestra merced, que como a cosa de cuatro horas de camino, he dejado unos hombres, como ochenta, que Dios me lo perdone, pero vienen para acá, y les adivino mala intención.

—Entonces no hay que perder tiempo.

—A la media noche estarán aquí.

—Dame la carta.

El hombre que era una especie de soldado viejo, bajo de cuerpo, ancho de espaldas, con grandes bigotes canos, y largas cejas grises, sacó una esquela y la entregó a Patiño.

El sobre decía:

«Para S. A. el príncipe».

—Espérame —dijo Patiño y salió precipitadamente.


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