Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Bueno —gruñó Carranza— pero yo me duermo, Dios sabe lo que será de mi caballo.

Se acomodó bien en un sitial, y casi en el instante comenzó a roncar.

El príncipe se paseaba sólo en su estancia, con los brazos cruzados y meditabundo, cuando oyó que alguien abría la puerta.

Volvió el rostro y vio a su secretario.

—¡Ah! ¿eres tú, Patiño? —dijo con negligencia.

—Señor, traigo una noticia gravísima.

—¿Ha partido ya de Madrid el padre Nitardo?

—¡Oh! no, señor, vea V. A.

El príncipe tomó la carta que le presentaba Patiño; se acercó a la luz, rompió el sobre y leyó en voz alta:

—Señor:

En este momento, de orden de S. M. aprehenden a don Bernardo de Patiño, y sale con órdenes para aprehender a V. A., el marqués de Salinas, con sesenta jinetes.

Sálvese V. A.

Es inútil pensar en la resistencia porque el caso se ha previsto por el padre Nitardo, y están tomadas las providencias.

B. LL. MM. de V. A.

LAURA.


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