Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Entonces manda que ensillen inmediatamente nuestros caballos, que alisten diez hombres, y saldremos por la puerta falsa, pero todo con el más profundo silencio.
—Voy al momento.
Don Juan de Austria se entró por un lado y Patiño salió por el otro.
Un cuarto de hora después, el prÃncipe volvió a salir; se habÃa puesto una ligera cota, y se habÃa ceñido a la cintura su espada y su daga; llevaba una larga capa y un ancho sombrero que colocó sobre la mesa.
Pero al colocar allà el sombrero, el aire agitado hizo volar la carta de doña Laura que se habÃa quedado allà y que fue a parar debajo de uno de los sitiales.
Poco después entró Patiño, también en traje de camino, y dijo al prÃncipe:
—Todo está listo.
—Vamos —contestó don Juan tomando su sombrero.
Y los dos por una escalerilla secreta bajaron hasta las caballerizas.
Diez hombres estaban allà inmóviles sobre sus caballos y perfectamente armados, y dos palafreneros tenÃan de la brida dos arrogantes corceles.
Al presentarse don Juan le acercaron uno de aquellos caballos, un palafrenero le tuvo el estribo, y el prÃncipe montó.