Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Patiño hizo lo mismo.

Se abrió delante de ellos una puerta, y poco después seguidos de los diez soldados y de cuatro escuderos, caminaron fuera de la villa.

—¿A dónde quiere V. A. dirigirse? —preguntó Patiño.

—A Barcelona —contestó el príncipe.

Entretanto Carranza seguía roncando muy a su sabor.

Serían las doce de la noche, cuando se oyó en las silenciosas calles de Consuegra un gran tropel de hombres a caballo que se dirigían a la casa del príncipe.

El que hacía de jefe llamó.

—¿Quién va? —preguntaron de adentro.

—Abrid, en nombre de S. M.

Los que llegaban temían que hubiera resistencia porque todos tenían las armas listas, pero contra lo que esperaban, las puertas se abrieron y aquellos hombres entraron registrando por todas partes.

Al amanecer volvía aquella tropa a ponerse en marcha sin haber encontrado más que dos cosas notables en la casa:

A Carranza durmiendo en un sitial.

La carta de doña Laura debajo de otro sitial.

A Carranza lo dejaron libre, porque nadie le conoció.


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