Las dos emparedadas
Las dos emparedadas En donde se prueba que no sin razón dijeron los antiguos «con bien vengas mal si vienes solo»
Casi en el mismo momento en el que el marqués de Salinas volvía a dar cuenta de su desgraciada comisión, llegaba a poder de doña María Ana de Austria una carta del príncipe don Juan, fechada aún en Consuegra, y que sin duda dejó escrita antes de su partida con encargo de remitirse a la corte.
Don Juan de Austria decía a la reina, que él habría partido para Flandes a no haber acaecido la muerte de don José de Mallades, que la suplicaba que apartase de España al padre Nitardo, y que él estaba resuelto a no descansar hasta conseguirlo.
La reina al ver esta carta se indignó sobre manera, y dio rienda suelta a su cólera.
—Sabéis padre —dijo a su confesor— que es un verdadero cartel de desafío.
—Tal me parece, y he meditado por el bien de la monarquía y por la tranquilidad del ánimo de V. M. que debiera tomarse ya una medida extrema.
—¿Y cuál creéis que debe ser ella?
—Si V. M. me permite indicarla.
—Hablad.
—Señora, que V. M. me conceda retirarme.
—Retiraros, ¿y por qué?