Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Señora, el reino está conturbado, V. M. tiene cada día más serios disgustos, yo vivo siempre bajo la asechanza del puñal o del veneno, y la calumnia y la difamación se ensañan contra mí; ¿cree V. M. que tal situación puede por más tiempo prolongarse?

—Ésa es una tempestad que combatiremos, y pronto se disipará.

—Señora, permítame V. M. que le diga que esta tempestad es cada día más terrible y más cercana, y que no tenemos ya medios para combatirla.

—Aún nos quedan muchos amigos…

—Señora, que nos venderán en cuanto puedan, créalo V. M.

—Es decir que no confiáis en nadie.

—En muy pocos, señora.

—¿Pero qué pruebas tenéis de ello? ¿Por qué os miro tan desalentado cuando ayer mismo estabáis dispuesto a luchar?

—Señora, porque ayer no sabía lo que hoy he sabido.

—¿Qué cosa?

—Que mis enemigos cuentan con aliados en todas partes; en el clero, en la nobleza, en el pueblo, y lo que es más, señora, en la cámara misma de V. M. y a su lado.

—¡Imposible!


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