Las dos emparedadas

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XV

De cómo al fin el padre Nitardo no pudo a pesar de su ciencia conjurar la tempestad que se formaba contra él por el rumbo de Barcelona

Tal era la agitación que reinaba en la corte con motivo de los disturbios entre el confesor de la reina y el príncipe, que muy pocos advirtieron la desaparición de doña Laura.

Don Fernando de Valenzuela y doña Eugenia, con quienes estaba íntimamente ligada la joven, hicieron mil conjeturas, pero no se atrevieron a practicar averiguación ninguna.

La reina había dicho a doña Eugenia hablando de doña Laura:

—Ya está castigada su deslealtad.

El padre Nitardo había dicho a Valenzuela:

—Pobre joven, ella se buscó su ruina, así convenía a los intereses de S. M. y del reino.

Y nada más, en la corte y sobre todo, en aquellos críticos momentos, la discreción no sólo era una virtud, era una necesidad: una imprudencia podía pagarse con la vida.

Los meses pasaban de esta manera, y la reina y su ministro no sabían qué partido tomar con el príncipe.

Don Juan de Austria seguía refugiado en Barcelona, y desde allí seguía escribiendo a la reina, urgiéndole para que desterrara al padre Nitardo.


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