Las dos emparedadas

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Los ministros todos recibieron cartas del príncipe, comprometiéndolos a secundar sus designios para con doña María Ana de Austria, pero esto, con tanto valor, con tanta vehemencia y con resolución tan firme, que en la corte se comenzaron a tener serios temores.

Los amigos del padre Nitardo, tímidos como son en general los aduladores de los poderosos, creyeron era segura su caída y comenzaron a abandonarle.

Sólo don Fernando de Valenzuela redobló con él sus atenciones y sus respetos.

El padre Nitardo, triste y afligido, no cesaba de suplicar a la reina le concediera su separación.

—Señora —decía— es imposible por más tiempo sostener esta situación, V. M. comprende que todo el mundo me vuelve ya la espalda, el príncipe don Juan está cada día más atrevido, y capaz será si no se media aquí con la prudencia de osar algo contra la tranquilidad de los reinos; permítame V. M. que retirándome a mi colegio, pueda devolver la paz a la monarquía.

—¡Imposible! —contestó la reina— si por un acto de debilidad consintiese en separaros de mi lado, la osadía del príncipe y de sus partidarios no tendría entonces límites y querrían imponerme su voluntad como ley.


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