Las dos emparedadas

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—Con que V. M. no les hiciera aprecio bastaría, que en tal caso, ellos mostraran su depravada intención y V. M. su grandeza.

—Todavía hay un medio que probar.

—No le veo, señora.

—Sí, el de la dulzura, yo escribiré al príncipe invitándolo a volver a Consuegra, garantizándole su seguridad y creo que todo se allanará.

—Dios lo quiera, señora, pero me temo que V. M. confía demasiado en los buenos sentimientos del príncipe.

—Con intentar este medio, nada se pierde.

—Es verdad.

—Pues probemos, y si no surte el efecto que yo pienso, ya se verá en lo de adelante.

—Sea, pues, como V. M. lo quiere.

Al día siguiente partía un correo llevando al príncipe don Juan de Austria una carta de la reina en que le invitaba a que volviese a Consuegra, y le garantizaba su libertad y seguridad.

El príncipe se encontraba en Barcelona, y allí estaba también el duque de Osuna, y con él conferenció acerca del mensaje que acababa de recibir.


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