Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Don Juan de Austria opinaba por no acudir al llamado de la reina, pero el duque le hizo presente cuánto importaba aquel acto de desobediencia y lo comprometió a ponerse en camino, dándole para su seguridad tres compañÃas de jinetes que formaron entre todos trescientos hombres, y al frente de tan reducida tropa salió de Barcelona, si no en tren de guerra sà con esperanza de triunfo el que habÃa sido generalÃsimo de los ejércitos de su padre el rey don Felipe IV.
El padre Nitardo se paseaba triste en su despacho, y don Fernando de Valenzuela, de pie cerca de una de las mesas le escuchaba, contestándole a veces.
No brillaba ya en los ojos del confesor de la reina, la seguridad y la calma que en otros dÃas; una sombra parecÃa haberse extendido sobre su semblante.
Las noticias que habÃan llegado del prÃncipe eran suficientes para alarmarle.
—Sabes —decÃa a Valenzuela— que el camino que hace el prÃncipe don Juan es más bien el de un triunfador que viene a recoger el premio de sus victorias que el de un vasallo perdonado por su rey.
—He oÃdo decir, señor —contestó don Fernando.