Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Señor, en un tiempo fui el galán de doña Inés de Medina; logré casi su correspondencia, pero la abandoné, señor, para casarme con la que ahora es mi esposa, y me temo que doña Inés esté profundamente ofendida.

—No lo estará, te aseguro; conozco el corazón humano, el resentimiento de esa mujer, si te quiso, habrá sido muy pasajero, y si te amó será entonces sólo el orgullo herido lo que la apartará de ti, pero deseará en el fondo de su alma que le concedas tu amistad; Valenzuela, cuida de no resucitar ese amor porque será tu perdición en este mundo y en el otro, pero procura volver a la amistad de doña Inés, que nos es necesaria en estos momentos en que los partidarios del príncipe no desconfían de ella, y se agitan más furiosos que nunca contra mí.

—Obedeceré a V. E. y Dios quiera iluminarme para lograr el éxito.

—Ten fe, y lograrás lo que deseas; la tormenta se acerca, y nadie sería capaz ya de apartarla de mi frente. Hágase la voluntad de Dios.

El confesor de la reina inclinó la cabeza y quedó en una profunda meditación.

El poder y la gloria en que había vivido tantos años se desvanecían ante sus ojos como el humo.

La desgracia, la persecución y la muerte, se presentaron a su imaginación.


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