Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Conozco que esa tempestad no se disipa, pero necesito saber lo que traman para la hora de mi caída mis enemigos; si tengo que descender, escoja yo al menos el modo y el día.

—¿Pero qué quiere V. E. que yo haga?

—Yo creo que doña Inés es la avanzada que tienen ya los partidarios de don Juan dentro de palacio, y al lado de la reina: tú eres hábil, nadie sabe, o al menos lo saben sólo nuestros amigos, que tú eres mi partidario; todos te creen el amigo íntimo de don José de Mallades, todos suponen que tú no te hiciste presentar a la corte, más que por tu amor a doña Eugenia, y que lo que has ambicionado en ese matrimonio es la protección de S. M.; pues bien, si tú procuras la intimidad con doña Inés, ella se debe figurar que buscas en ella el apoyo para con los partidarios del príncipe; tendrá confianza de ti, te contará entre los austriacos y podrá ponerte al tanto de lo que ellos intentan; las mujeres en general son poco discretas y creo que tú conseguirás lo que yo deseo.

—Obedeceré a V. E… pero…

—¿Qué?

—Perdóneme V. E. que le haga una confesión, que si bien es impropia del respeto que le debo, es necesaria en estos momentos para que V. E. vea si esto podrá hacer que fracasen mis esfuerzos.

—Dime.


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