Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Esa dama no podrá nada contra mí ostensiblemente, téngola ligada por un secreto terrible, que voy a confiarte en dos palabras, para que sea más adelante una arma en tus manos, porque yo estoy seguro de que no puedo conjurar esa tormenta que me amenaza.

—¡Tal vez sí, señor!

—No lo creas; en política todo el mundo maldice al que está en el ocaso, y sólo Dios puede salvarme, pero tú tienes aún delante un gran porvenir, y doña Inés puede ser algún día tu enemiga: oye lo que sólo la reina, ella y yo sabemos hasta ahora: doña Inés denunció a don José de Mallades y a todos los partidarios de don Juan; ella es la causa de la muerte de aquel hombre…

—¿Es posible, señor?

—Es la verdad, ahora guarda este secreto, porque en la corte es preciso para dominar, tener de cada uno un secreto que le haga ser sumiso cuando sea necesario; no olvides esta regla y serás poderoso cuanto puede serlo un hombre sobre la tierra.

—Es cierto, señor.

—Ahora, Valenzuela, voy a encargarte quizá el último servicio.

—Mándeme S. E.


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