Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Valenzuela era joven y era poeta; además, un amor como el de doña Inés, por fuerza tenÃa que ser peligroso.
—Doña Inés —dijo don Fernando—, ¿tanto asà me amáis?
—No necesitáis que ya os lo diga, bien lo comprenderéis: decidme, decidme, ¿queréis que pida un empleo para vos a S. M.? ¿Queréis partir conmigo lejos de España?
—Señora —contestó Valenzuela pudiendo apenas resistir a la fascinación que le causaba aquella mujer, y deseando aún luchar— me liga a la corte otro vÃnculo aún más noble.
—¿Cuál?
—La gratitud.
—¡La gratitud! ¿Y para quién? ¿Quién será capaz de haber hecho por vos lo que he hecho yo?
—Señora, se trata de un hombre, de un hombre que me ha querido como a su hijo, de un hombre que está próximo a sentir sobre su cabeza la desgracia más espantosa.
—¿Y quién es ese hombre?
—El padre Nitardo —contestó Valenzuela creyendo que esta respuesta harÃa cambiar el giro de la conversación.