Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¿El padre Nitardo? —repitió doña Inés— bien, pero el padre Nitardo está ya al borde de un abismo y no tardará en hundirse para siempre.
—Por lo mismo, doña Inés, vos que tan altos sentimientos poseéis, ¿me aconsejarÃais abandonarle en estos momentos?
—No, pero es que la caÃda del padre no está muy remota.
—S. M. no le abandonará.
—Aun cuando eso sea, oÃdme; el prÃncipe avanza rápidamente sobre Madrid.
—Es cierto, pero no trae consigo más que trescientos jinetes.
—¿Y quién queréis que apoye al padre Nitardo? el pueblo y la nobleza están por el prÃncipe, el consejo de S. M. le apoyará también, el clero, aconsejado por el cardenal Borromeo, nuncio de Su Santidad, y que aborrece al favorito, se aparta de su causa, y la misma compañÃa de Jesús le niega su apoyo, porque el padre Nitardo, perteneciendo a esa compañÃa, no ha obsequiado muchas veces las órdenes de sus superiores.
—¿Y bien, señora?