Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—El príncipe avanza sobre Madrid, y todo el mundo sin distinción acudirá a la reina pidiéndole el destierro de su confesor; S. M. sin tener a donde volver los ojos aceptará, y en tal caso ya nada os ligará en la corte, por el contrario, porque entonces ya nada os valdrá vuestra esposa, don Fernando, os ofrezco una felicidad y un amor sin límites, ¿creéis que alguna mujer pueda amaros como os amo yo? ¿Creéis que alguna mujer pueda haceros gozar como yo?

—Señora —exclamó Valenzuela— ¡por piedad! casi me es imposible resistir.

—Y no resistirás —exclamó doña Inés arrojándose a su cuello, y separándose violentamente luego— don Fernando, preparaos para ser muy feliz en la Nueva España.

Valenzuela quiso contestar pero doña Inés había ya desaparecido.

—El caso es de los más comprometidos —pensó Valenzuela— esta mujer será capaz de hacerme sucumbir, porque hay desgraciadamente la circunstancia de que es una dama de todo mi gusto… en fin, ya veremos, por ahora se ha obtenido la ventaja de saber cuanto se prepara contra el padre Nitardo; creo que ha dicho bien S. E., esta tempestad no la conjura.


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