Las dos emparedadas

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—Acabo de descubrir —le dijo— que se trata de enviar al nuncio de Su Santidad, para calmar al príncipe y comprometerlo a que se retire a Guadalajara dando un plazo a S. M. para pensar detenidamente acerca de la separación del padre confesor: lleva una carta de Su Santidad, si se pierden estos momentos después será ya imposible conseguir nada.

—Pero eso casi no tiene remedio —dijo el marqués.

—Lo tiene; el nuncio no profesa gran cariño al padre Nitardo; si él en vez de traer noticias favorables, las trae adversas, el padre se retirará; yo misma le he visto a los pies de S. M. pidiéndole con lágrimas que le permita separarse, que no lo exponga a la cólera del príncipe: no hay, pues, más dificultad que inclinar el ánimo de S. M., un impulso más y el favorito rodará.

—Tienes razón, voy en este momento a procurar que se incline el ánimo del cardenal, supuesto que de él depende todo.

—No perdáis un momento, señor, porque pronto debe salir.

El marqués fue en busca de sus amigos, y doña Inés volvió a observar lo que pasaba por las habitaciones de S. M.


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