Las dos emparedadas

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Ya comenzaba a amanecer cuando el cardenal Borromeo se presentó en Madrid de vuelta de su comisión, y se encerró con S. M. y con el padre Nitardo.

La respuesta que él estaba dando a la reina y al confesor, secretamente y en nombre del príncipe, volaba ya de boca en boca, y se transmitía de palacio a la ciudad.

Alguno habría podido notar que el cardenal hablaba en voz baja al subir las escaleras con el marqués de Río Florido.

Y luego las primeras personas que supieron lo que don Juan de Austria decía, lo oyeron de la boca de doña Inés de Medina.

El príncipe no se había querido docilitar ni con la carta del Papa, ni con los razonamientos del nuncio; su respuesta era ya una amenaza: «Decid a la reina», había dicho, «que si el padre Nitardo no sale por la puerta inmediatamente, mañana iré yo mismo a arrojarle por la ventana».

Esto era lo que el cardenal había repetido a la reina. El padre Nitardo se retiró a su aposento, en el colegio de los jesuitas, y la reina quedó entregada verdaderamente a la desesperación.


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