Las dos emparedadas

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Entre tanto, doña Inés había puesto al tanto de lo que pasaba en palacio, a todos los partidarios del príncipe, y una inmensa multitud se apiñaba en la plaza y penetraba aun a los patios y corredores, pidiendo a gritos la destitución del favorito.

El Consejo se había reunido; los ministros estaban verdaderamente alarmados, y por fin, tomaron una resolución extrema.

Don Blasco de Loyola, pálido y conmovido, atravesó por en medio de aquella multitud llevando un papel en la mano, y se entró en la cámara de la reina.

Todos entraron entonces; aquel hombre parecía llevar en su mano el término de aquella situación: a nadie había dicho una palabra, pero todos lo adivinaban.

La reina estaba sombría, y recibió a don Blasco casi sin contestar a su saludo.

—¿Qué quieres? —preguntó.

—Señora —dijo vacilando don Blasco— un decreto del Consejo para la firma de V. M.

—¿De qué trata?

—Es señora… una orden… —don Blasco apenas se atrevía a hablar— para que salga de Madrid dentro de tres horas el confesor de V. M.

—Dámela.

La reina tomó el decreto, leyóle con gran serenidad y firmó.


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