Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Apenas Loyola habÃa desaparecido, la reina no pudo contenerse ya más, y en medio de sollozos, provenidos más bien de su orgullo herido y de la gran contradicción que experimentaba, exclamó:
—¡Ay! ¡Ay! ¿De qué me sirve ser reina y ser regenta?