Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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XVIII

En el que termina la materia de que se trata en el anterior

Comisionó el Consejo al cardenal de Aragón, y al conde de Peñaranda para comunicar al padre Nitardo la orden de destierro.

Dirigiéronse ambos para el colegio de los jesuitas y llamaron a la celda del padre.

Abrióse ésta y los dos consejeros se encontraron frente a frente con el que había sido su enemigo y a quien miraban en aquellos momentos sumido en el mayor infortunio.

Pero aquellos eran tres corazones grandes, y ni los unos sintieron el menor movimiento de alegría, ni el otro el más ligero soplo de rencor.

A la vista de aquel aposento desnudo y pobre, que revelaba la probidad del gran valido, contemplando aquella frente serena en donde casi se veían cruzar los pensamientos, el cardenal de Aragón y el marqués de Peñaranda sintieron un involuntario respeto.

Como la reina no le había despojado de sus honores, le dieron aún el tratamiento.

—Sentimos demasiado —dijo el de Peñaranda— ser portadores de tan funestas nuevas para V. E.

—¿Qué hay, pues?

—Lea V. E. este decreto.


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