Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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El padre tomó el papel y leyó la orden de su destierro con tanta serenidad que ni una sola línea se contrajo en su rostro.

—Su Majestad —agregó el cardenal— no hace esto sino con muy gran sentimiento, y obligada por la necesidad, y para evitar que el pueblo irritado cometa un crimen con V. E.

—Hágase la voluntad de Dios y la de S. M. —contestó el padre— los bienes de la vida son caducos y perecederos, y sólo el impío puede apegarse a ellos; pronto estoy a partir.

—Si V. E. no lo toma a mal —dijo el cardenal de Aragón— y más bien como prueba de mi cariño y respeto, me atrevo a ofrecer a V. E. mil doblones para gastos de su viaje.

—Y yo con la misma salvedad —agregó el de Peñaranda— una letra de cambio de 30,000 escudos.

Al escuchar aquellos generosos ofrecimientos, los ojos del padre se llenaron de lágrimas, y tendiendo sus manos a los que habiendo sido sus enemigos le trataban como un hermano en aquellas terribles circunstancias, exclamó:

—¡Oh! gracias, gracias, jamás olvidaré que España es la patria de corazones tan grandes; pobre religioso he venido a Madrid, y pobre religioso quiero salir: esta noche partiré.


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