Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Estaremos aquí para acompañar a V. E. —dijo el de Peñaranda.

Y los dos, conmovidos profundamente, salieron de la estancia.

Aquella noche el cardenal volvió en su carroza al colegio acompañado del marqués.

El padre Nitardo les esperaba ya.

—Vamos —dijo alegremente al verles.

—¿Y los equipajes de V. E.? —preguntó el de Peñaranda.

—Mi breviario y mi manteo —contestó sonriéndose el ministro— omnia mean mecoun porto.

Todas las calles estaban llenas de gente que esperaba la salida del confesor.

Apenas lograron alcanzarle a ver, cuando comenzaron a lanzar contra él terribles imprecaciones acompañadas de una verdadera lluvia de piedras.

Entonces los ministros de la Inquisición se agregaron a la comitiva y procuraron, en unión del marqués y el cardenal, defender al confesor de la reina.

Aquel hombre, que apenas hacía tres días era el árbitro de la monarquía, que veía a todos saludarle humildemente y temblar en su presencia, se miraba insultado y despreciado por los más viles de sus aduladores, y no tenía ya segura ni la existencia misma.

Los gritos y las piedras seguían, y el padre con una sonrisa triste exclamaba:


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