Las dos emparedadas

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I

En el que se ve lo que hizo la reina cuando se ausentó su confesor

Alejóse de España el padre Nitardo renunciando la embajada de Austria que le había dado la reina.

Don Juan de Austria escribió a doña María Ana, dándola el parabién por la salida del confesor y pidiéndole permiso para pasar a Madrid a besar su real mano.

La reina, que contra él estaba indignada, contestóle que se retirara cuando menos a doce leguas de distancia, con lo que los partidarios del príncipe que ya le suponían presidiendo el Consejo, quedaron por demás contrariados.

Con esto quedó la corte en la mayor tristeza: la reina no salía de su cámara, desconfiaba de todo el mundo, y apenas la asistían doña Eugenia y doña Inés de Medina.

Valenzuela quedó repentinamente solo, el confesor de la reina era en la corte su único apoyo, y éste le faltaba.

Entonces sucedió lo que era natural en aquel aislamiento, y como doña Eugenia se separaba tan pocas veces del lado de la reina, don Fernando se entregó completamente a los amores de doña Inés.


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