Las dos emparedadas
Las dos emparedadas La joven procuraba encontrarle, las citas eran ya tan fáciles como frecuentes, y la hija del marqués de RÃo Florido no esperaba sino una oportunidad para pedir a doña MarÃa Ana el empleo en México o Filipinas de que habÃa hablado a Valenzuela.
La ocasión no tardó en presentarse.
Una mañana la reina habÃa quedado sola con doña Inés; doña MarÃa Ana estaba de mejor humor que otras veces y dirigió la palabra a la dama.
—Duéleme —la dijo— esa vida tan triste que pasáis a mi lado las dos.
—Señora —contestó Inés— al lado de V. M. no es posible sentir la tristeza, sino el placer de acompañar a V. M.
—¡Oh! no pretendas engañarme, ¿qué puede lisonjear a un corazón joven una vida de soledad y retraimiento?
—Lisonjea la honra de estar al lado de V. M., y juro a V. M. que me encuentro feliz en esa vida.
—Yo te lo agradezco: tu lealtad te hace hablar asÃ; yo conozco cuán pesada debe ser para ti esta vida siendo como eres: joven, noble y hermosa, y por eso mayor es mi cariño; dime, tú nunca me has pedido nada ¿no deseas nada?
—¡Señora!