Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Dime, ¿algo deseas?, ¿para ti, para tus parientes?
—Si yo me atreviera, pedirÃa un favor a V. M.
—Pues atrévete, te lo permito; ¿de quién se trata?
—Del marido de una amiga mÃa.
—¿Y qué deseas para él?
—Un empleo en México o en el Perú o en Filipinas.
—¿Pero empleo en qué categorÃa? ¿Es noble? ¿Tiene colocación en la corte?
—No, señora, no tiene ahora empleo, es noble.
—¿Y quién es él? sepamos.
—Fernando de Valenzuela —dijo doña Inés poniéndose encendida.
Pero la reina no lo advirtió, porque también ella se habÃa ruborizado.
—¡Cómo! —exclamó— ¿Valenzuela? ¿Acaso quiere irse? ¿Llevarse a Eugenia?
—Señora, no tiene empleo en la corte; como amigo del reverendÃsimo padre Nitardo teme a los partidarios del prÃncipe, y creo que dejarÃa a Eugenia si asà lo deseara V. M.
—Pero Eugenia nada me ha dicho.
—Señora, nada sabe de esto, que a mà me lo ha confiado Valenzuela.