Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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La reina lanzó a doña Inés una mirada de desconfianza; adivinó con la penetración de una mujer una historia en lo que le decía doña Inés.

—Bien, puedes contestar a Valenzuela que no tiene por qué temer a los partidarios del conde.

—¿Y el empleo?

—Yo te diré cuándo he de hablar de eso; entre tanto a nadie, ni a él mismo, ni a mí digas una palabra; ¿entiendes?

—Sí, señora.

La reina entró en una profunda meditación, y doña Inés, en silencio, comenzó a reflexionar qué habría motivado el cambio repentino de S. M.

Doña Eugenia entró a poco, y doña Inés quiso aprovechar la ocasión de hablar con Valenzuela.

Cuando la reina se vio sola con doña Eugenia, la dijo:

—Triste es el aislamiento en que me miro; no tengo confianza más que en ti; los ministros y los consejeros me inspiran terror; creo que todos me engañan; no sé ni lo que en la corte pasa; no sé a quién confiar mis órdenes y mis secretos; no encuentro a quién consultar un solo negocio; estoy sola, sola en el mundo, sola siendo la reina.

—V. M. ¿no tiene en mí toda la lealtad y todo el amor reunidos de todos sus vasallos? —contestó doña Eugenia.


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