Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¿Qué puedes tú, pobre joven? Hay cosas que las mujeres somos débiles para cumplir: ¿Podrás decirme tú lo que pasa en la corte? ¿Entre la nobleza?

—¡Sí, señora!

—Sí, ¿y cómo, hija mía?

—Fácilmente; yo haré que mi marido me lo refiera.

—¿Tu marido? —dijo— ¿tienes confianza completa en su lealtad y en su inteligencia?

—¡Ah! sí, señora: si V. M. le conociese, la tendría también; es un joven con un corazón tan noble como el de un príncipe, con un talento clarísimo, al decir del padre Nitardo; valiente, y que ama a V. M. como yo puedo amarla.

—¿Me ama? —dijo la reina con la voz un poco alterada.

—¡Oh! ¡sí, señora! Con qué entusiasmo me ha dicho mil veces, que sería feliz en dar la vida por V. M.

—¿Esto te ha dicho?

—Sí, señora, y cada momento.

—Quiero conocerle, tráemele.

—Ahora mismo, si me lo permite V. M.

—No, ahora mismo no, porque le verían entrar y desconfiarían de él; es preciso que sea a una hora en que nadie os vea, en que nadie sepa que venís a verme.

—En tal caso, si V. M. quiere, esta noche.


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