Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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IV

En donde el lector ve al duende, y escucha una de sus conversaciones con la reina doña María Ana

Sonaban las doce de la noche en el reloj de palacio, y casi al mismo tiempo se abría una de las puertas de la habitación de don Fernando de Valenzuela.

Doña Eugenia acompañaba a su marido hasta el umbral, don Fernando salía, y doña Eugenia se quedaba volviendo a cerrar aquella puerta.

Don Fernando tomó el mismo camino que le hemos visto llevar en la noche en que su esposa le presentó a la reina.

Pero esta vez don Fernando se encaminaba por aquellos aposentos oscuros y por aquellos angostos pasillos con extraordinaria confianza; no vacilaba ni se detenía para nada.

A la misma hora, la reina, que estaba sola en su cámara leyendo, cerraba el libro y dirigía una mirada inquieta a uno de los ángulos de su cámara, exclamando:

—No tardará.

Casi en el mismo instante se oyó el ruido de una llave que entró en la cerradura, y en el ángulo a donde miraba doña María Ana de Austria se abrió una puertecilla que estaba oculta por el tapiz, y se presentó Valenzuela.


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