Las dos emparedadas
Las dos emparedadas En donde el lector ve al duende, y escucha una de sus conversaciones con la reina doña MarÃa Ana
Sonaban las doce de la noche en el reloj de palacio, y casi al mismo tiempo se abrÃa una de las puertas de la habitación de don Fernando de Valenzuela.
Doña Eugenia acompañaba a su marido hasta el umbral, don Fernando salÃa, y doña Eugenia se quedaba volviendo a cerrar aquella puerta.
Don Fernando tomó el mismo camino que le hemos visto llevar en la noche en que su esposa le presentó a la reina.
Pero esta vez don Fernando se encaminaba por aquellos aposentos oscuros y por aquellos angostos pasillos con extraordinaria confianza; no vacilaba ni se detenÃa para nada.
A la misma hora, la reina, que estaba sola en su cámara leyendo, cerraba el libro y dirigÃa una mirada inquieta a uno de los ángulos de su cámara, exclamando:
—No tardará.
Casi en el mismo instante se oyó el ruido de una llave que entró en la cerradura, y en el ángulo a donde miraba doña MarÃa Ana de Austria se abrió una puertecilla que estaba oculta por el tapiz, y se presentó Valenzuela.