Las dos emparedadas
Las dos emparedadas La reina se agitó de placer, y don Fernando entró precipitadamente; se arrojó de rodillas a sus pies, y tomando con sus manos la mano que le tendía la reina, la llevó con ardor a sus labios y la tuvo así por largo tiempo.
—Álzate, Valenzuela —le dijo doña María Ana de Austria con una voz dulce y armoniosa— álzate y toma asiento aquí, a mi lado.
—Señora, permítame V. M. que la contemple, que la sirva así de rodillas, como se mira a un ángel, como se habla con Dios.
—No, Valenzuela, no; para ti no quiero ser la reina, para ti no quiero ser la soberana, para ti, Valenzuela, no soy más que María Ana de Austria, la mujer que piensa en ti, que te ama, que es feliz con tu amor.
—¡Señora! ¡Señora! —exclamó Valenzuela casi postrándose para besar la orla del vestido de la reina— por piedad, tanta ventura me hace morir de felicidad.