Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Valenzuela —contestó doña María Ana levantándole con ternura, obligándole a sentarse a su lado y mirándole cariñosamente— ¿por qué te empeñas en turbar mi dicha? ¿por qué te empeñas siempre en no ver en mí más que a tu reina? Quiero que me ames como amarías a cualquiera de mis damas, quiero que dejes a un lado ese respeto, ese ceremonial que es mi martirio cuando estoy a tu lado; quiero ser amada por ti, como son amadas todas las mujeres. Valenzuela, ¿acaso porque soy reina he de ser tan desgraciada que no consiga oír de tus labios esas frases que embriagan al alma; esas frases que oyen todas las mujeres y que no he oído yo nunca? Valenzuela, dime que me amas, pero no como a reina: por Dios, hazme feliz, ¿me amas, Valenzuela? ¿Me amas, amor mío?










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