Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Te adoro, señora, te adoro —exclamó don Fernando arrebatado por el ardiente entusiasmo de la reina— te adoro; tu amor es para mà la suprema felicidad; te amo, señora, no porque eres reina, no porque dos mundos te obedecen; te amo por ti, por ti sola, porque eres bella, como deben serlo los arcángeles, porque tu voz es armoniosa como el trinar de las aves, porque tu corazón es tan puro como el aliento de la aurora; te amo, porque me has dado tu primer amor, porque me has consagrado los perfumes virginales de tu corazón, porque siendo tan alta y tan poderosa, has fijado en mà tus ojos, señora; porque eres el sol cuya luz admiran todos, pero que sólo alumbra por mà y para mÃ.