Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—Así, así quiero verte, Valenzuela; así quiero que me ames, así quiero que me hables, bien mío; qué dichosa me haces así con tu amor, mi dueño, mi encanto; óyeme, yo no he sido dichosa hasta hoy, porque yo no he amado nunca, porque yo nunca he sido amada; el rey era un hombre que por su edad podía haber sido mi padre; me casaron con él por razón de Estado; ¡ah! tú no comprendes lo que se siente en el corazón cuando se comprende que se entra al matrimonio así como por conservar una raza. Yo quise a mi esposo como a un padre, pero jamás tuve por él una ilusión. Murió y quedé viuda, pero mi corazón era virgen y yo tenía necesidad de amar, y ningún hombre de cuantos me rodean me inspiraba la menor ilusión; Eugenia me suplicó que asistiese a un matrimonio, condescendí de mala gana; llegué a la capilla; te vi, Valenzuela, y no sé lo que sentí; aquel momento decidió de mi porvenir, y cuando supe que tú eras el que iba a casarse con Eugenia, cuando os vi que os dabais las manos, entonces sentí los celos, antes de haber gozado del amor; desde aquel día tu imagen iba siempre conmigo a todas partes; procuraba furtivamente verte, oír tu voz, porque te amaba, Valenzuela, porque te amaba. En vano pedía a Dios que apartase de mí este pensamiento; en vano pretendí ahogar este amor que era para mí una locura; ni mis oraciones, ni mis esfuerzos, ni nada, nada bastó para apagar el fuego de mi corazón, y cada día te amaba más y más, y esta pasión ahogó los gritos de mi conciencia y dominó mi virtud, y si Dios no la ha arrancado de mi seno, Valenzuela, es porque Dios no quiere que deje de amarte, es porque quiere que yo sea tuya, y lo seré.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker