Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —AsÃ, asà quiero verte, Valenzuela; asà quiero que me ames, asà quiero que me hables, bien mÃo; qué dichosa me haces asà con tu amor, mi dueño, mi encanto; óyeme, yo no he sido dichosa hasta hoy, porque yo no he amado nunca, porque yo nunca he sido amada; el rey era un hombre que por su edad podÃa haber sido mi padre; me casaron con él por razón de Estado; ¡ah! tú no comprendes lo que se siente en el corazón cuando se comprende que se entra al matrimonio asà como por conservar una raza. Yo quise a mi esposo como a un padre, pero jamás tuve por él una ilusión. Murió y quedé viuda, pero mi corazón era virgen y yo tenÃa necesidad de amar, y ningún hombre de cuantos me rodean me inspiraba la menor ilusión; Eugenia me suplicó que asistiese a un matrimonio, condescendà de mala gana; llegué a la capilla; te vi, Valenzuela, y no sé lo que sentÃ; aquel momento decidió de mi porvenir, y cuando supe que tú eras el que iba a casarse con Eugenia, cuando os vi que os dabais las manos, entonces sentà los celos, antes de haber gozado del amor; desde aquel dÃa tu imagen iba siempre conmigo a todas partes; procuraba furtivamente verte, oÃr tu voz, porque te amaba, Valenzuela, porque te amaba. En vano pedÃa a Dios que apartase de mà este pensamiento; en vano pretendà ahogar este amor que era para mà una locura; ni mis oraciones, ni mis esfuerzos, ni nada, nada bastó para apagar el fuego de mi corazón, y cada dÃa te amaba más y más, y esta pasión ahogó los gritos de mi conciencia y dominó mi virtud, y si Dios no la ha arrancado de mi seno, Valenzuela, es porque Dios no quiere que deje de amarte, es porque quiere que yo sea tuya, y lo seré.