Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Aliento de mi alma, luz de mi espíritu; cuando yo te vi por la primera vez, también sentí que mi corazón se estremecía; pero ese pensamiento de amor que cruzó como un relámpago en la negra noche de mi desgracia, procuré ocultármelo a mí mismo; porque ese pensamiento sólo era para mí la profanación, el sacrilegio. ¿Cómo osaría mi corazón alzarse, ángel mío, hasta tu grandeza y hermosura? Pobre gusano, vil polvo que arrastra el soplo de la tormenta, ¿podía ambicionar no sólo subir hasta tu altura, sino merecer siquiera una sola de tus brillantes miradas? Cuando pasaba, señora, cerca de ti o a tu vista, mis ojos se nublaban, mi sangre se encendía, vacilaba mi cuerpo como queriendo caer; me sentía delante de ti avergonzado, temeroso, porque creía, amada mía, que ibas a leer en mi frente el pensamiento que calcinaba mi cerebro, que ibas a conocer que yo abrigaba la osadía de amarte, porque te amaba, señora; ¡ah!, ¡si pudiera encontrar palabras para decirte lo que siente mi corazón! Amor de mis amores, dime que me amas, dímelo, porque tanta felicidad me parece mentira, porque estoy creyendo que sueño, y esta idea es capaz de volverme loco.