Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Yo no he oído dulzuras y ternezas, dueño mío, sino es de tu boca, y por eso no sé yo cómo amarán los demás hombres; pero el corazón me dice que nadie como tú es dulce y ardiente; nadie como tú sabe dar a su voz esa armonía de pasión y de encanto; nadie como tú tiene en sus ojos esa luz que fascina, en su aliento ese perfume que embriaga: yo quiero servirte aquí de rodillas, Valenzuela; estoy contenta, feliz con ser reina de los otros para ser tu sierva; orgullosa estoy con ser tu esclava; quiero consagrarme a ti, no más que a ti; quiero reconcentrar mi alma y mi vida en ti, dime, Valenzuela, tú que andas en el mundo, tú que sabes más que yo lo que es el amor, ¿todas las mujeres que tienen un amante, sienten esta suprema felicidad? ¿Todas las almas enamoradas flotan en este piélago de inmensa ventura, que me hace a mí olvidarme de cuanto me rodea, que me hace sentir el paraíso en medio de la tierra? Dime, ¿todas sienten lo mismo? ¿todas aman así?, porque así no comprendo cómo hay tantas que se llaman desventuradas cuando hay tantas que tienen amor.

—No, María Ana mía…

—Así, así quiero que me llames, «María Ana mía», en tu boca ¡cuán dulce suenan estas palabras! ¡Qué nuevas son para mí! Al oírtelas me siento lo que nunca he creído ser, joven, hermosa, y sobre todo, amada.


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