Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Amada sí, amada como quizá ninguna lo será sobre la tierra, pero todo eso que sientes, toda esa felicidad que te embriaga, que se apodera de todo tu ser, todo eso te hace superior a las demás mujeres, María Ana mía, no todas las mujeres aman como amas tú; ése es el don de las almas privilegiadas como la tuya; esa dicha infinita sólo se siente cuando se encuentran sobre la tierra dos almas como las nuestras, formada la una para la otra, y desde el primer momento se adivinan, se aman, se buscan y se confunden luego, la una en la otra, como en un éxtasis perpetuo, como en una pasión que sólo puede inspirar el cielo.

Doña María Ana enlazó con sus brazos blancos y mórbidos el cuello de Valenzuela y contempló apasionadamente por largo rato y en silencio el rostro de su amante: aquello era ya una locura, una idolatría.

Las horas pasaron para aquellos corazones felices con la rapidez del relámpago.

—Amanece ya, amor mío —exclamó de repente Valenzuela.

—¿Tan pronto? —dijo doña María Ana con tristeza.

—Pronto viene el sol, porque no puede brillar sin verte.

—Quizá cuando él sale empieza para mí la noche porque no te miro.


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