Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Pronto volverá mi dicha, que si largo es el tiempo, amada de mi alma, que paso sin estar a tu lado, corto se me hace para pensar en ti.

—No me olvides un solo instante y no tardes en venir.

—A las doce en punto, amor mío.

Don Fernando se levantó, y la reina, llevándole abrazado, le condujo hasta la puerta.

—Adiós, alma de mi alma —dijo Valenzuela.

—Todavía no; aún quiero acompañarte.

—¿Y si alguien te viera?

—Nadie hay que pueda verme, y si me ven, ¿qué importa? Estoy orgullosa con tu amor, y quisiera que todo el mundo supiera que me amas.

Así llegaron hasta la puerta de una estancia.

—Hasta aquí —dijo la reina— adiós, mi amor.

—Adiós, María Ana mía.

Se escuchó el ruido de un beso, y como si aquel ruido hubiera despertado un eco dormido, se sintió entre las sombras un estremecimiento que los amantes no sintieron.

La reina entró a su cámara y don Fernando volvióse a su aposento. Doña Eugenia dormía ya profunda y tranquilamente.


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